miércoles, 14 de mayo de 2008

La dama del perrito




La dama del perrito muestra la maestría de Chejov para narrar. Un estilo increíble que utiliza un lenguaje económico. No dice más de lo que tiene que decir. El escritor se expresa como si estuviera pintando un cuadro. Nos habla de colores, sensaciones, percepciones, etc. Por otro lado, esta historia trata más sobre comienzos que finales. Chejov no nos cuenta como termina la vida de Ana y Dimitri.


Y parecía como si dentro de pocos momentos todo fuera a solucionarse y una nueva y espléndida vida empezara para ellos; y ambos veían claramente que aún les quedaba un camino largo, largo que recorrer, y que la parte más complicada y difícil no había hecho más que empezar.


La dama del perrito es uno de esos cuentos en donde el lector tiene que rellenar los espacios en blanco del pasado y del futuro. Ana y Dimitri sólo existen dentro de esa realidad poética, donde Ana se preocupa si Dimitri pensará que ella es una “mujer ordinaria” y Dimitri piensa que está engañando a Ana con una falsa impresión de él.

El lector podría decir que Dimitri es un hombre en crisis de los cuarenta que quiere ver si puede todavía conquistar a una jovencita, o que es un hombre en busca de creencias y que justo cuando ya no sabía para que vivía una joven mujer lo salva.

La dama del perrito es una historia ambigua. Vemos que Ana le devuelve a Dimitri el deseo por la vida, pero este nuevo amor complica la vida de Dimitri. El anhela las montañas de Yalta y ahora está en Moscú. Creo que Chejov trata de decirnos que el amor es algo complicado. Ahora, Dimitri y Ana están forzados a vivir dos vidas, una a la luz de todos y una en secreto.


Hablaba pensando que iba a verla a «ella», que nadie lo sabía y probablemente no se enterarían nunca. Tenía dos vidas: una franca, abierta, vista y conocida de todo el que quisiera, llena de franqueza relativa y relativa falsedad, una vida igual a la que llevaban sus amigos y conocidos; y otra que se deslizaba en secreto (… )Desde entonces juzgó a los otros por sí mismo, no creyendo en lo que veía y pensando siempre que cada hombre vive su verdadera vida en secreto, bajo el manto de la noche. La personalidad queda siempre ignorada, oculta, y tal vez por esta razón el hombre civilizado tiene siempre interés en que sea respetada.
Admeris

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